Homilía XXII Domingo Tiempo Ordinario Ciclo C

 

 

ENTRAR AL BANQUETE DEL REINO DE DIOS POR LA PUERTA DE LA HUMILDAD.

 

1.-  INTRODUCCIÓN.

 

El domingo pasado el tema de nuestra reflexión  homilética, fue el banquete del Reino de Dios desde la perspectiva de alcanzarlo a través de la “puerta estrecha” y no por “la puerta ancha”. Hoy volvemos sobre el tema del banquete del Reino de Dios, pero ahora desde la óptica de la virtud de la humildad. Los textos de la Biblia que estamos ahora  proclamando y celebrando en nuestra Eucaristía dominical, nos centran precisamente en esta perspectiva de la humildad. Virtud  necesaria con la cual el hombre creyente se sitúa con toda verdad delante de Dios con su infinita majestad y poder que rebasan nuestra pequeñez y polvo que somos, pero siempre llamados por Dios que nos ama y nos invita a participar en su banquete divino, como figura y símbolo del misterio de nuestra comunión personal, con Él y con los hermanos, especialmente los más pobres y necesitados de ayuda, comprensión, servicio y amor generoso.

 

2.-  LA LLAMADA DE DIOS PARA VIVIR EN LA HUMILDAD Y PODER ENTRAR AL BANQUETE DE SU REINO.

 

Es claro presentar el tema de la humildad, como propuesta exigente que se acentúa con la primera y tercera lecturas. La primera lectura tomada del Libro del Eclesiástico nos introduce en nuestro tema de hoy, nos dice: “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo Él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”.

 

En efecto, la virtud de la humildad, según su nombre,  se deriva del latín “húmilis”, que a su vez proviene de “humus” (=tierra). Humilde es, por consiguiente, el que se encuentra a ras del suelo y se mueve cerca o sobre la tierra. Esto, indudablemente corresponde exactamente a nuestra pequeñez y condición humana de creaturas; somos parte insignificante del cosmos en el cual estamos y nos rodea.  Humilde pues, es el hombre o persona, quien con sabiduría y realismo, con espíritu de adoración, reconoce la distancia trascendente que le separa de su Creador y Salvador.

 

Santa Teresa de Ávila, nos ha dado una certera definición de la virtud de la humildad, quizá la mejor que existe: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante de esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad”.

 

3.-  EL BANQUETE DEL REINO Y SU EXIGENCIA DE HUMILDAD PARA PODER PARTICIPAR EN ÉL.

 

Cristo en el evangelio de este día, nos presenta gráficamente de qué manera, cuando se es invitado a participar en un convivio o banquete, no se deben ocupar los primeros puestos de honor, con el peligro de hacerlo y que luego el dueño de casa venga a decir que se deje el lugar para otros… y entonces con vergüenza ante todos los convidados  trasladarse al último lugar. “Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: Amigo, acércate a la cabecera. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo. Será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”.

 

Cristo nos enseña que quien quiera ser el mayor, debe hacerse el menor y servidor de los hermanos, como Él, que siendo Dios y hombre verdadero, no ha venido a ser servido sino a servir y dar la vida por todos. San Pablo en su carta a los Filipenses recoge esta vital y fundamental enseñanza de Jesús: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: El cual, siendo de condición divina, no tuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos y en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre” (Fil 2, 5-11).

 

4.-  ORACIÓN CONCLUSIVA.

 

¡Te glorificamos, Padre nuestro del cielo, porque Jesús nos enseñó el camino que por la abnegación lleva a la vida del banquete del Reino de Dios. Con su ejemplo y testimonio nos mostró el camino arduo y gozoso del seguimiento. Él fue el primero en la opción total por el Reino de Dios. Y se adelantó a dar la vida para ganarla definitivamente. Caminando con Él, humilde, pobre y generoso, nos hace libres para amarlo, adorarlo y servirlo en la persona de nuestros hermanos, ciertamente los más sencillos y pobres de este mundo, pero enriquecidos con los tesoros de la humildad del corazón y con la apertura de sus almas para poder entrar  definitivamente y con alegría inmortal al banquete del Reino de Dios!...

 

Ciudad de Nuestra Señora de los Zacatecas, a 29 de agosto de 2010.

 

 

 

+  Fernando Mario Chávez Ruvalcaba

Obispo Emérito de Zacatecas

 

 
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